18 de diciembre de 2001

K.O. DIGITAL
Paul Pfeiffer (Honolulu, 1964) es una de las últimas revelaciones del arte digital; y es también el último becado del Whitney Museum of American Art de Nueva York.
Este artista, de origen filipino y afincado en Nueva York, cautivó en febrero de 2000 con su montaje en el P.S.1, dentro de la exposición “Greater New York: New Art in New York now”, en el que la pelota de baloncesto de Michael Jordan era presentada como icono contemporáneo, como nuevo ídolo de masas.
Desde entonces su participación en la selección de artistas norteamericanos de la última generación es constante, recibiendo el Buscksbaum Award como reconocimiento a sus propuestas en la bienal del Whitney de ese mismo año. Dentro de los escogidos por Harald Szeeman para su Platea dell´umanitá de la 49º Bienal de Venecia, presenta en la institución que le dio el gran espaldarazo, y por primera vez en solitario, dos de sus piezas más recientes.

Él mismo se declara cercano al espíritu de warholiano de crítica a la sociedad de consumo y del imaginario hollywoodiense, transplantado a una de las obsesiones del americano medio del nuevo milenio, el deporte y sus estrellas. Pero en su caso, el modo de apropiación se basa contrariamente en la desaparición del motivo. En los montajes de Pfeiffer únicamente se recoge el escenario, haciendo invisible el fetiche.
Por medio de la manipulación de imágenes televisivas, en un caso de tres combates de Muhammad Ali en The Long Count y el otro de la victoria de los Chicago Bulls en la NBA de 1996 en Race Riot, ni los boxeadores ni los jugadores de baloncesto aparecen. En su lugar una ausencia fantasmagórica, de algo que se sabe que debe estar, porque se encuentra en el subconsciente del hombre actual, pero que es imposible de ver. Lo que queda son flashes de fotógrafos y público enfervorizado... ¿enardecido por qué? Realmente por nada.

Un tratamiento técnico mínimo, como de andar por casa, todo realizado a una escala pequeña (la pantalla, la duración del video) opuesto a la grandilocuencia de los espectáculos actuales, pero que esconde un gran proceso reflexivo.
Este proceso de elipsis en la narración que ya utilizo en la instalación Self-Portrait as a Fountain, en la que se reconstruía la escena de la ducha de Psicosis, con los ruidos y movimientos del film pero sin ninguna víctima, o sus fotos de Marilyn Monroe pero sin el sex-symbol, pone nuevamente el acento en la falta, en la ausencia, en la carencia espiritual existente en el mundo de hoy, y que sin embargo la memoria colectiva e histórica se encarga de llenar. El lugar en el que la ausencia se vuelve presencia, es donde se explica la propuesta digital de Paul Pfeiffer.